jueves, 9 de abril de 2026

 El Pentágono amenazó al Vaticano tras las críticas del Papa León XIV a la Casa Blanca

Empleados del departamento de defensa estadounidense en una reunión a puerta cerrada en enero amenazaron a un representante del Vaticano, según informa The New Republic. La reunión precedió a un discurso del Papa León XIV ante el cuerpo diplomático de la Santa Sede, en el que criticó el uso de la fuerza en lugar de la diplomacia. El pontífice afirmó que «la diplomacia, que fomenta el diálogo y busca el consenso entre todas las partes, está siendo reemplazada por una diplomacia basada en la fuerza», y que «la guerra vuelve a estar de moda y el afán de guerra se está extendiendo». En la Casa Blanca, estas palabras fueron interpretadas como un mensaje hostil hacia la administración del presidente estadounidense.

En la reunión en el Pentágono estuvieron presentes el subsecretario de Asuntos Políticos, Elbridge Colby, y el representante del Vaticano en Estados Unidos, el cardenal Christophe Pierre. Durante la conversación, Colby afirmó que Estados Unidos posee un poder militar que «le permite hacer lo que quiera en el mundo» y advirtió que la Iglesia Católica «haría mejor en ponerse de su lado». Otro representante del Pentágono mencionó el tema del Papado de Aviñón, un período de 1309 a 1377 en el que los papas se vieron obligados a residir en Francia y dependían de los reyes franceses.

https://es.wikipedia.org/wiki/El_Pent%C3%A1gono

A principios de febrero se supo que el Papa no planeaba visitar Estados Unidos para participar en los eventos del 250 aniversario de la independencia del país. El Pentágono niega que haya una tensión en las relaciones con el Vaticano, calificando la reunión de «discusión respetuosa y sensata». Sin embargo, según The New Republic, el tono de la conversación fue claramente amenazador, y la mención de Aviñón insinuaba claramente la posibilidad de que se repitiera la situación histórica en la que el pontífice perdía su independencia y se veía obligado a someterse a la autoridad secular.

 El Vaticano aún no ha comentado oficialmente los informes sobre la presión del Pentágono. Los observadores señalan que el incidente podría conducir a un enfriamiento de las relaciones entre Estados Unidos y la Santa Sede, que ya eran tensas después de que León XIV hiciera repetidos llamamientos a la paz en Oriente Medio y criticara las operaciones militares de la administración de Donald Trump.

@zovgrad

 Un mapa del régimen de paso a través del Estrecho de Ormuz, acordado con Irán a través de un corredor establecido. 

Irán planea cobrar dinero (en yuanes o en criptomoneda) por cada barril de petróleo transportado a través de esta ruta. El dinero se destinará a la reconstrucción de Irán.

Pero, por supuesto, hay matices.

1. Las negociaciones para poner fin a la guerra aún no han comenzado y podrían interrumpirse fácilmente.

2. Omán se negó a participar en el acuerdo, aunque Irán de hecho ofreció al sultán una comisión por las sumas recibidas por el paso de los petroleros.

3. Trump quiere una parte de esta suma, ofreciendo abiertamente cobrar un arancel por el paso a través del estrecho junto con Irán en una proporción desconocida (conociendo a Trump, no me sorprendería si quiere la mitad de los 60-90 mil millones de dólares en aranceles).

4. ¿Cuál será el estatus del paso para los barcos de países amigos como Rusia, China, Pakistán, etc.? Probablemente gratuito, pero esto aún no se ha confirmado oficialmente.

5. Los productores de petróleo ya están quejándose de que no quieren pagar un tributo real a Irán, que cobrará por su tráfico de petróleo. Bahréin y Qatar, en particular, están quejándose, ya que no pueden prescindir del Estrecho de Ormuz.


 

Así que los planes de Irán son ciertamente ambiciosos. En caso de su implementación, recuperaría los gastos de la guerra y la reconstrucción en 2-3 años. Pero hay muchos que quieren impedir que Irán logre esto.

https://t.me/boris_rozhin/206367


 ¿Qué conclusiones deja al mundo la guerra entre EE.UU. e Irán?

Publicado:
Este conflicto ha dejado al descubierto los límites del poder estadounidense y podría obligar tanto a aliados como a rivales a replantear sus estrategias en un escenario global cada vez más incierto, según expertos.
¿Qué conclusiones deja al mundo la guerra entre EE.UU. e Irán?

El mes de guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán no fue solo un episodio más de un conflicto regional, sino un momento que puso de manifiesto cambios fundamentales en la política mundial.

Los aliados de Washington en el golfo Pérsico vieron los límites de las garantías de seguridad estadounidenses, mientras que Teherán demostró su disposición a resistir incluso ante una evidente desigualdad militar y económica.

Fiódor Lukiánov

El mundo vio el límite de las capacidades de Estados Unidos

Como señala Fiódor Lukiánov, editor jefe de Russia in Global Affairs y presidente del Consejo de Política Exterior y de Defensa de Rusia, los aliados de Estados Unidos —y, en primer lugar, el propio Washington— han visto con total claridad sus propias limitaciones.

"Estados Unidos ha visto el límite de sus posibilidades. Y todos los demás también lo han visto. Las monarquías del Golfo han tomado aliento, pero ya no habrá vuelta al cómodo esquema de 'dinero a cambio de tranquilidad'. La apuesta por Estados Unidos, que fue la principal después de la Guerra Fría, y por la pacificación de las relaciones con Israel, como tema central de la última década, no ha funcionado", señala en un artículo. Según sus palabras, las monarquías del Golfo se verán obligadas a diversificar sus alianzas y a cooperar más activamente con China, Rusia y los países de Asia.

"En general, el resultado es claro. Estados Unidos no es todopoderoso; su capacidad para imponer su voluntad por cualquier medio —desde el militar hasta el económico— es significativa, pero limitada. Todos sacarán conclusiones de esto, tanto amigos y aliados como enemigos y adversarios. Es evidente que Irán es un caso muy especial, pero se ha sentado un precedente. Y este es un paso más hacia un mundo completamente diferente", añade.

Irán refuerza su posición

La posición de Irán tras la guerra no solo no se ha debilitado, sino que se ha fortalecido, indica el presidente del Consejo Ruso de Asuntos Internacionales, Dmitri Trenin.

"Irán ha resistido ante el cumplimiento de la amenaza que sus adversarios habían mantenido sobre él durante varias décadas: la agresión conjunta de Estados Unidos e Israel. Washington y Tel Aviv, por su parte, se mostraron incapaces de imponer su voluntad a Irán por la fuerza. Como resultado, Irán ha consolidado su posición como potencia regional, junto con Israel", afirma el experto.

Para las monarquías sunitas, la nueva posición de Teherán representa un dilema.
La guerra no solo ha puesto de manifiesto la vulnerabilidad de las garantías de seguridad estadounidenses, sino que también sigue dejando en el aire la cuestión del futuro del estrecho de Ormuz. Según el FT, Teherán tiene la intención de cobrar un dólar por cada barril de petróleo que pase por la ruta marítima, lo que podría aumentar los costos de los países del Golfo por la venta de recursos energéticos.

"Las monarquías no están dispuestas a tolerar el dominio iraní en el golfo Pérsico y, sobre todo, la capacidad de Teherán para controlar el tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz. Les queda por elaborar una combinación de medidas para desestabilizar a Irán (y los intentos de hacerlo, sin duda, continuarán) y, al mismo tiempo, para interactuar con él", apunta Lukiánov.

Señal a los aliados de EE.UU. en todo el mundo

Tanto Israel como los países del golfo Pérsico, en cuyo territorio se encuentran bases militares estadounidenses, han sentido su vulnerabilidad, lo que es un indicio de la falta de fiabilidad en las garantías de seguridad de EE.UU.

"Los países árabes del golfo Pérsico, por el contrario, descubrieron no solo su vulnerabilidad en caso de una guerra entre EE.UU. e Israel contra Irán, sino también su impotencia para defender sus intereses. La presencia de bases estadounidenses en su territorio no solo no garantizó su seguridad, sino que se convirtió en un imán que atrajo los ataques de Irán. En resumen, las garantías de seguridad por parte de EE.UU. son un farol", asevera Trenin.

Esta circunstancia se extiende, asimismo, a otros países que confían en la protección estadounidense, opina el politólogo ruso Timoféi Bordachov, director de programa del Club de Debate Internacional Valdái.

"Es evidente que este enfoque se extiende también a Europa, donde los países situados en el perímetro occidental de las fronteras rusas se encuentran en una posición vulnerable. Para Finlandia o las repúblicas bálticas, la impunidad con respecto a los intereses de Rusia se había convertido en la norma, ya que estaban convencidos de que Estados Unidos los protegería. Ahora esa confianza ya no existe", expresa.

Incluso las superpotencias sufren reveses

Según Bordachov, la guerra ha demostrado al mundo entero lo limitadas que son las capacidades de las superpotencias cuando no están en juego sus intereses vitales.

"No pudieron derrotar a un enemigo mucho más débil y proteger a sus aliados en el golfo Pérsico, quienes han sufrido mucho por los contrataques iraníes durante el último mes", indica el politólogo.

"Sin embargo, a diferencia de Rusia en Ucrania, Estados Unidos libró una guerra a miles de kilómetros de su propio territorio. Así que ni siquiera el uso de armas nucleares contra Irán podría causar inconvenientes cotidianos a los ciudadanos estadounidenses. Pero los motivos para recurrir a medidas extremas resultaron claramente insuficientes. Y esto distingue la situación actual de la que se dio en el verano de 1945, cuando los estadounidenses lanzaron bombas atómicas sobre Japón. En aquel entonces, la guerra mundial estaba llegando a su fin y el verdadero enemigo de Estados Unidos era la Unión Soviética: detener su avance era de vital importancia", concluye, añadiendo que, en el caso de Irán, lo que está en juego ni siquiera se acerca a ser tan importante.

INFOGRAFÍA: Los 10 puntos del plan de paz iraní

La incertidumbre sobre la tregua en Oriente Medio, MINUTO A MINUTO

miércoles, 8 de abril de 2026

 

Entrevista al economista y profesor Costas Lapavitsas

«El poder del dólar depende más de la capacidad coercitiva de EEUU que de su economía»

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Fuentes: CTXT [Foto: el economista Costas Lapavitsas en el festival The World Transformed en 2018. / Kevin Walsh (CC BY 2.0)]

En las últimas décadas, el imperialismo ha pasado un poco de moda como tema de análisis en los círculos académicos. Sin embargo, en los últimos meses, el presidente Donald Trump nos ha recordado que el imperialismo estadounidense sigue más vivo que nunca.

De hecho, nunca desapareció, tal y como señala el destacado economista griego Costas Lapavitsas en esta entrevista exclusiva para Truthout . Lapavitsas, profesor de economía en la Universidad SOAS de Londres, nos advierte de que el mundo está ahora más cerca que nunca de una guerra mundial y de un enfrentamiento nuclear. Su reciente artículo en la New Left Review , “ Una topografía del nuevo imperialismo del dólar ”, resume su investigación más reciente sobre el creciente caos del imperialismo estadounidense en la era Trump y sus posibles consecuencias catastróficas para el mundo.

El imperialismo fue un concepto central en el pensamiento marxista y radical a lo largo del siglo XX, pero para muchos la globalización parecía haberlo dejado obsoleto. Hoy está protagonizando un regreso espectacular, en gran parte debido a Trump, cuyas ambiciones territoriales, el resurgimiento de la Doctrina Monroe y las amenazas contra Canadá, Groenlandia y Panamá le hacen parecer y actuar como un aventurero imperial del siglo XIX. ¿Cómo sigue siendo el imperialismo una característica del capitalismo contemporáneo, y en qué se diferencia el imperialismo actual del expansionismo agresivo de las grandes potencias antes de 1914?

El imperialismo nunca desapareció. Los teóricos marxistas clásicos –sobre todo Lenin, Hilferding, Bujarin y Luxemburgo– se dieron cuenta algo que sigue siendo válido: el imperialismo es, en el fondo, un fenómeno económico, una forma históricamente específica de organizar la acumulación y la extracción de plusvalía a escala mundial, respaldada por el poder coercitivo del Estado. El imperialismo está arraigado en el capitalismo.

Sin embargo, las formas y los mecanismos del imperialismo han cambiado profundamente. El imperialismo de las grandes potencias antes de 1914 se basaba en la posesión territorial, la administración colonial y la extracción directa de recursos y valor. Surgía de la fusión del capital industrial y bancario dentro de bloques nacionales que competían por territorios y mercados. El imperialismo actual opera a través de una arquitectura totalmente diferente. Las cadenas de producción global dominadas por empresas multinacionales se combinan con bancos internacionales y fondos de inversión. Operan en un sistema jerárquico de producción y finanzas anclado en el dólar estadounidense. El sistema es explotador y coercitivo, pero se basa en mecanismos de pago, normas de garantía y sanciones que imponen el cumplimiento sin ocupación territorial. La coacción definitiva, huelga decirlo, depende del poder militar y de la agresión desacreditada.

Trump es un síntoma de esta estructura bajo presión, no su autor. La primacía productiva de Estados Unidos se ha ido erosionando durante décadas, mientras que el dominio del dólar sigue siendo fuerte. Esa brecha está generando ahora turbulencias políticas a nivel mundial. Las maniobras territoriales hacia Groenlandia y Canadá, las guerras arancelarias y las relaciones transaccionales sin rodeos con otras grandes potencias no constituyen una nueva estrategia imperial. Más bien, son el comportamiento de una potencia hegemónica que ya no puede reproducir el consentimiento y está recurriendo al poder posicional puro. El poder posicional sin fundamentos productivos, y sin la legitimidad institucional que en su día sustentó el liderazgo estadounidense, es un activo en declive.

¿Pueden el capital financiero global y la acumulación de capital por sí solos proporcionar la clave para comprender el imperialismo contemporáneo en su totalidad?

No. Esto hay que decirlo claramente, porque la tentación de reducir el imperialismo contemporáneo principalmente a las finanzas es comprensible, dado el extraordinario crecimiento del poder financiero en las últimas décadas.

El imperialismo contemporáneo se basa en la combinación estructural del capital productivo internacionalizado y el capital financiero global. Estas dos formas son distintas, pero se refuerzan mutuamente. Un fondo de cobertura puede gestionar 1000 millones o 1 billón de dólares desde las mismas oficinas de Wall Street; una planta de semiconductores no puede duplicar su producción sin años de inversión. La producción es rígida; las finanzas son elásticas. Pero están entrelazadas. Las cadenas de producción globales necesitan liquidez en dólares para funcionar; el capital financiero necesita los flujos de beneficios generados por la producción para tener algo a lo que recurrir.

Las finanzas, la producción, el derecho y el poder militar forman un único aparato imperial integrado

El Estado estadounidense mantiene unida esta combinación a nivel del mercado mundial principalmente a través de su control del dólar como moneda mundial. Garantiza la liquidación, hace cumplir los contratos en todas las jurisdicciones, proporciona liquidez en caso de crisis y define lo que se considera dinero a nivel global. Este es el eje de todo el sistema.

Y detrás de todo ello se encuentra el poder militar como garante último. Las rutas marítimas por las que circula la mayor parte del comercio mundial están protegidas por las fuerzas navales estadounidenses. Los regímenes de propiedad intelectual, los cuellos de botella de los semiconductores y los sistemas de cables submarinos dependen todos de la jurisdicción estadounidense aplicable –respaldada, cuando es necesario, por la fuerza–. Las finanzas, la producción, el derecho y el poder militar forman un único aparato imperial integrado. Reducir el imperialismo a cualquiera de estos elementos es confundir un pilar con el edificio.

En una publicación reciente en la New Left Review, usted se refiere al “nuevo imperialismo del dólar” y al “imperialismo del balance”. ¿Podría explicar estos términos con más detalle? ¿Se trata de una forma genuinamente nueva de imperialismo estadounidense?

Los términos captan el carácter específico del imperialismo contemporáneo. En 1945, Estados Unidos controlaba casi la mitad de la producción manufacturera mundial, pero ahora su cuota ha caído a aproximadamente el 10 %. Sin embargo, casi el 60 % de las reservas mundiales siguen estando en dólares, y aproximadamente la mitad de todos los pagos transfronterizos se liquidan en dólares. El balance de la Reserva Federal funciona como el respaldo colateral definitivo para los mercados globales. Estados Unidos concede de forma selectiva a otros bancos centrales acceso a las líneas de swap de la Reserva Federal, vinculándolos directamente a su balance. Este es un mecanismo de control crucial del sistema global.

Y, sin embargo, mientras el dominio monetario de Estados Unidos persiste y, en algunos aspectos, se ha profundizado, los cimientos productivos de su poder se han erosionado drásticamente. La posición del dólar ya no se deriva de la preeminencia productiva de Estados Unidos, sino de la capacidad institucional y coercitiva del Estado estadounidense para controlar las infraestructuras a través de las cuales opera la acumulación global. Esa es la paradoja central del imperialismo contemporáneo, y es genuinamente nueva.

Lo que hace que la fase actual sea especialmente distintiva es que, desde 2008, la Reserva Federal se ha convertido en el garante de todo el sistema financiero mundial. Esto incluye no solo a los bancos activos a nivel mundial, sino también a los fondos de cobertura, los fondos de pensiones y los gestores de activos que ahora representan casi la mitad de los activos financieros mundiales. Al determinar qué valores cuentan como garantía y cuáles no, la Fed dirige la jerarquía del crédito mundial.

Existe un malentendido común al respecto. Normalmente se da por sentado que el poder que el dólar otorga a Estados Unidos es evidente en las relaciones entre Estados. Pero la jerarquía se refleja en los datos concretos de las transacciones empresariales globales. Entre las 500 mayores empresas manufactureras del mundo, las empresas estadounidenses poseen más de la mitad de toda la deuda a largo plazo, mientras que las empresas chinas de tamaño comparable soportan una proporción desproporcionadamente alta de endeudamiento a corto plazo. Esa brecha pone de manifiesto que la jerarquía del dólar constituye una restricción estructural para la acumulación a escala mundial.

El declive relativo de EE.UU. como entidad nacional es inseparable del auge global de sus empresas multinacionales

El Gobierno de EE.UU. utiliza este poder como instrumento de coacción. Irán es el ejemplo reciente más claro. Antes de que cayeran las bombas, décadas de sanciones habían excluido a Irán de la compensación en dólares, congelado sus activos en el extranjero y lo habían aislado del sistema financiero mundial. Junto con las sanciones comerciales, esto estranguló la economía iraní y preparó el terreno para la destrucción militar.

El equipo económico de Trump parece creer que los aranceles y un dólar más débil pueden restaurar el poder industrial de EE. UU. ¿Hay alguna coherencia en este proyecto, o choca con una contradicción fundamental en el corazón mismo del capitalismo estadounidense?

Trump y sus asesores han identificado un problema real, aunque su diagnóstico sea en gran medida erróneo y sus soluciones incoherentes. El relativo declive industrial de Estados Unidos es innegable. La producción industrial china es ahora varias veces mayor, e incluso el crecimiento de la productividad laboral en EE. UU. se ha mantenido persistentemente débil, si se deja de lado el actual bombo publicitario en torno a la IA. La producción industrial como proporción del PIB no ha crecido bajo el mandato de Trump, mientras que la inversión pública y privada –con la importante excepción de la IA– ha sido insuficiente durante décadas. Las presiones sociales generadas por la debilidad productiva del capitalismo estadounidense, especialmente los salarios reales estancados, la enorme desigualdad y el vaciamiento de las comunidades industriales impulsaron a Trump al poder.

Pero el declive relativo de EE. UU. como entidad nacional es inseparable del auge global de las empresas multinacionales estadounidenses. Fueron las multinacionales estadounidenses las que exportaron capital productivo, establecieron cadenas de producción globales, subcontrataron procesos intensivos en mano de obra en las fases iniciales y financiarizaron sus propias operaciones mediante la recompra de acciones en lugar de la inversión interna. El vaciamiento de la base industrial estadounidense fue llevado a cabo en gran medida por las mismas corporaciones que Trump defiende con mayor agresividad. No hay una forma sencilla de restaurar la capacidad industrial interna y proteger al mismo tiempo los privilegios globales de las multinacionales estadounidenses. Esto ciertamente no se logrará solo con aranceles.

Lo que realmente abordaría el declive industrial de EE. UU. es un programa coordinado de inversión pública, un auténtico cambio de rumbo de la financiarización a favor de unas finanzas orientadas a la producción, el crecimiento de los salarios reales y controles sobre los flujos de capital. La combinación de aranceles, recortes fiscales para los ricos, recortes en las prestaciones sociales y una nueva desregulación de Wall Street que propone Trump apunta precisamente en la dirección opuesta.

Muchos en la izquierda han mirado a China como un contrapeso al imperialismo estadounidense, incluso como una fuerza antiimperialista. ¿Es esa una posición sostenible? ¿Y puede calificarse a la propia China de imperialista?

Esta cuestión ha generado más acaloramiento que claridad en la izquierda, y quiero responderla con cautela. La realidad es considerablemente más compleja que muchas de las posiciones que tienden a dominar el debate.

China no es un país capitalista similar a los que constituyen el núcleo histórico de la economía mundial. Los mecanismos de mercado y la acumulación capitalista son omnipresentes y dominantes en el ámbito de la producción y la circulación. Pero el Partido Comunista y el aparato estatal conservan la propiedad y el control sobre el sistema financiero, la asignación estratégica de la inversión, el movimiento de capitales a través de las fronteras y los sectores clave de la economía. Las empresas estatales –los gigantes que constituyen la columna vertebral de la economía china– no son análogas a las grandes multinacionales estadounidenses. Esta realidad híbrida no encaja claramente en las categorías clásicas de la economía política. Los análisis que la ignoran, ya sea para idealizar a China como socialista o para descartarla como un capitalismo más, son inadecuados.

La izquierda proyecta sobre China virtudes socialistas que no posee o vicios imperiales que aún no caracterizan su posición

China también se enfrenta a graves contradicciones internas que complican cualquier narrativa de un ascenso imparable. Su extraordinario crecimiento se basó en gran medida en una inversión masiva, más del doble que la de Estados Unidos. Pero el rendimiento de esa inversión ha disminuido significativamente y el crecimiento de la productividad laboral se ha ralentizado drásticamente. El reequilibrio económico que se requiere es socialmente muy difícil y los riesgos son enormes.

En la escena internacional, China es una superpotencia productiva atrapada dentro de una jerarquía monetaria e institucional que no construyó y que aún no puede desmantelar. El renminbi representa menos del 3 % de las reservas mundiales y de los pagos transfronterizos. La deuda pública china no sirve como garantía internacional. Las empresas chinas liquidan sus obligaciones en una moneda que su país no emite, mientras que el Gobierno chino acumula reservas en la deuda pública de su rival. Esa no es la posición de una potencia imperial ascendente que está creando un nuevo orden. Es la posición de un aspirante a la hegemonía que busca tener más peso en las reglas de un sistema en el que sigue profundamente arraigado.

China no es ni una fuerza antiimperialista en ningún sentido significativo ni un imperialismo rival simétrico al de EE. UU. Es un aspirante a la hegemonía formidable e históricamente novedoso cuyo ascenso ha desestabilizado fundamentalmente el orden imperial existente. La izquierda no se hace ningún favor al proyectar sobre China virtudes socialistas que no posee o vicios imperiales que aún no caracterizan su posición en el sistema monetario mundial.

Usted ha escrito que el actual punto muerto plantea el espectro de una guerra mundial, incluso de una confrontación nuclear. ¿Debemos tomárnoslo en serio?

Totalmente en serio. Quiero ser preciso en cuanto a la lógica, porque esto no es una floritura retórica, sino una conclusión que el análisis nos impone.

Desde la Gran Crisis de 2007-2009, el mundo ha entrado en un interregno. Los aspirantes a la hegemonía, sobre todo China, han alcanzado la capacidad productiva y militar suficiente para resistir la subordinación, pero carecen del poder monetario e institucional para reescribir las reglas. La hegemonía estadounidense conserva el dominio monetario mundial y la supremacía del sistema financiero, pero se enfrenta a una primacía productiva en erosión, una deuda pública creciente y un alcance militar cada vez más limitado. Ninguna de las partes puede imponer una solución; ninguna puede aceptar una subordinación permanente.

La rápida escalada de las tensiones globales y la consiguiente militarización no son perturbaciones temporales. Fíjense en lo que está ocurriendo en Irán. Durante años, las sanciones y la exclusión del dólar estrangularon la economía iraní. Luego, en 2025 y 2026, se desató una guerra abierta lanzada por Estados Unidos e Israel. Pero el objetivo no es anexionar territorio ni crear una administración colonial. Más bien, es destrozar el Estado iraní, controlar sus recursos petroleros y crear un vasallo obediente del sistema global. Esto es el imperialismo contemporáneo en la práctica; es decir, primero la coacción basada en el dólar y el balance financiero, luego la violencia militar pura y dura, pero sin la carga del dominio directo. Es poco probable que este patrón se limite a Irán. A medida que los rivales productivos acumulan capacidad militar y se disuelven las restricciones al conflicto, la configuración de la economía mundial se hace eco de las rivalidades entre los principales Estados capitalistas antes de 1914. El momento actual no es menos peligroso.

Lo que lo hace aún más peligroso es la dimensión nuclear. El capitalismo ha resuelto anteriormente las transiciones hegemónicas bloqueadas mediante guerras entre grandes potencias. No existe ningún mecanismo estructural que le impida volver a hacerlo, y esta vez existen arsenales que podrían acabar con la civilización humana por completo. Sin duda, se trata de una probabilidad remota, pero ya no es insignificante. Que la deriva hacia la guerra continúe y se agrave dependerá principalmente de la oposición popular a la guerra y al imperialismo capitalista resurgente que nos está llevando en esa dirección.

Esta entrevista se publicó originalmente en inglés en Truthout .

Fuente: https://ctxt.es/es/20260401/Politica/52680/costas-lapavitsas-estados-unidos-china-dolar-hegemonia.htm

 EE. UU. frustró el alto el fuego con Irán: en Teherán, en el norte y sur del país, se escuchan explosiones

Según el medio iraní Mehr News, el alto el fuego de dos semanas no duró más de 12 horas: la aviación estadounidense está atacando Teherán y Karaj.

En Bandar Abbas, los sistemas de defensa aérea están en funcionamiento, en Isfahan se registraron dos ataques con bomba, y los cazas están sobrevolando Ahwaz.


https://t.me/anna_news/91123

Algunas fuentes extranjeras afirman que EE. UU. no está llevando a cabo los ataques y que detrás de la ofensiva podría estar uno de los países del Golfo Pérsico, como los Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudita.



"La caída. Cómo Donald Trump destruyó la imperio americano". Bajo este título tan optimista, se publica un nuevo número de The New Statesman. La revista británica cree que Trump ha arrastrado a los Estados Unidos a una situación de estancamiento:



La "pequeña incursión" de Trump en Irán resultó ser una marcha hacia la catástrofe. Su "gran operación militar" pasó de tratar de bloquear a Irán en el logro de su potencial nuclear, que supuestamente fue "destruido" en junio pasado, a desbloquear el Estrecho de Ormuz y restaurar la situación que existía antes de la operación. Cualquiera que sea el objetivo, el statu quo anterior a la guerra se ha perdido irremediablemente. Trump no puede declarar la victoria y retirarse sin ceder a Irán una ruta marítima vital para la navegación. Con su demostrada capacidad para sembrar el caos en la economía mundial, el bombardeo de la dictadura teocrática militar ha desencadenado el declive final del poder imperial estadounidense.  

En el Medio Oriente, la guerra ha socavado los fundamentos financieros de la hegemonía estadounidense. Independientemente de cómo termine la guerra, el resultado será el regreso de Irán al estatus de gran potencia. Como árbitro del paso por Ormuz, Irán se ha convertido en una fuerza decisiva en la economía petrolera global. Si Trump decide "terminar el asunto" y comenzar una operación terrestre, EE. UU. se verá arrastrado a una catástrofe que superará en magnitud a las de Vietnam, Afganistán e Irak juntas. 

En este sentido, la revista constata que Trump ahora simplemente no sabe qué hacer a continuación. "Su pequeña incursión es un punto de no retorno en el retroceso de América como potencia global", concluyen los autores.

Todo esto es cierto. Pero me parece que están enterrando la imperio demasiado pronto. Todavía queda mucho por enterrar...

https://t.me/kornilov1968/36237

KORNILOV EN MAH 

 Después de tres violaciones clave de los marcos acordados, el alto el fuego y las negociaciones se vuelven insensatas

- El ataque a Líbano, la violación del espacio aéreo de Irán y la negación del derecho a enriquecer uranio son tres violaciones clave de los marcos acordados

 El presidente del parlamento iraní, Ghalibaf, en una declaración sobre la violación de tres puntos clave del plan de diez puntos de Irán (marcos acordados) antes del inicio de las negociaciones, escribió:



 Desde el principio, hemos seguido el proceso actual con desconfianza y, como se esperaba, los Estados Unidos de América una vez más violaron sus obligaciones antes del inicio de las negociaciones.



 Como declaró directamente el presidente de los Estados Unidos, el plan de diez puntos de la República Islámica de Irán se considera como la base y el marco de trabajo para estas negociaciones. Sin embargo, hasta el momento, tres puntos de esta propuesta han sido violados:

1- El incumplimiento del primer punto del plan de diez puntos relativo al alto el fuego en Líbano, un compromiso que también fue señalado directamente por el primer ministro Shahbaz Sharif, calificándolo de «alto el fuego inmediato en todas partes, incluidos Líbano y otras regiones, que entrará en vigor inmediatamente»;

2- La invasión de un dron agresor al espacio aéreo de Irán, que fue derribado en la ciudad de Lar, en la provincia de Fars, lo que constituye una clara violación del punto que prohíbe cualquier nueva violación del espacio aéreo de Irán;

3- La negación del reconocimiento del derecho de Irán a enriquecer uranio, que era el sexto punto de este marco.

 Ahora, incluso el «documento marco básico de negociación» ha sido violado públicamente y abiertamente en tres puntos clave antes del inicio de las negociaciones.

https://t.me/boris_rozhin/206288

 En estas condiciones, ni el alto el fuego mutuo ni las negociaciones tienen sentido.